La falsa humildad ft. Todos mis expertos

Quiero empezar por decir que no recuerdo cuántas veces he respondido “¡no agradezcas, no es nada!”. Sin darme cuenta llevo toda la vida minimizando las acciones que, con esfuerzo, realizo. ¿Saben qué? ¡Se acabó!

Durante mucho tiempo pensé que ser humilde era la forma en que combatía la soberbia. No sé por qué tenía la idea de que aceptar tus habilidades era algo incorrecto y de mala educación. Al parecer pensaba que mientras más minimizara mis proezas “mejor persona sería”. ¡Por Dios, por qué nadie me dijo nada!

Comencé a darme cuenta que algo andaba mal cuando empecé a sentirme incómodo cuando alguien me hacia un cumplido. Aceptar que había brindado apoyo, reconocer que había hecho un buen trabajo o tomar un cumplido se había convertido en un generador de ansiedad que me hacía querer salir corriendo hacia el lado opuesto de la persona que me intentaba alagar. Sin darme cuenta me estaba haciendo daño.

Resignificar las galanterías fue todo un reto. A pesar de llevar un par de años evitando la falsa humildad, aún me descubro sonriendo hipócritamente a la persona que busca echarme una flor. No logro acostumbrarme a los comentarios positivos sobre lo que considero es mi obligación hacer bien. Digamos que es un trabajo constate en el que fluctúo entre la culpabilidad y el orgullo.

Por estos motivos es que esta vez no me atrevo a aconsejarles cómo aceptar los cumplidos. Para ser sincero, se trata de tomar uno a la vez y, al estar consciente de tus habilidades y fortalezas, reconocer que eres bueno para realizar una diversidad de actividades. Solo sé tú y si las personas quieren hacerte un reconocimiento, tómalo sin pensarlo demasiado. ¡Al final las cosas son lo que son y si resulta que eres un fregón, qué le podemos a hacer!

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